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PENSIONADO, PERO NO RETIRADO: CUANDO LA EXPERIENCIA SE CONVIERTE EN LEGADO


Por: José Manuel Vecino P.*

Hay una pregunta que comencé a escuchar con cierta frecuencia después de pensionarme:

“Pero si ya se pensionó, ¿para qué sigue trabajando?”

La pregunta suele venir acompañada de una mezcla de sorpresa, curiosidad e incluso desconcierto. Pareciera existir la idea de que llegar a la pensión significa bajar el telón, cerrar la agenda, abandonar los proyectos y comenzar una etapa dedicada exclusivamente al descanso.

Mi respuesta suele ser sencilla:

Estoy pensionado, pero no retirado.

Y no se trata de una diferencia semántica. Es una declaración de vida.

Estoy pensionado porque cumplí una etapa laboral, porque durante muchos años realicé aportes a un sistema que hoy me reconoce una prestación económica. Pero no estoy retirado de la vida, de mis sueños, de mis proyectos, del aprendizaje, de la posibilidad de enseñar, de emprender ni, mucho menos, de aportar a la sociedad.

La pensión puede significar el final de una relación laboral tradicional. No tiene por qué representar el final de nuestra vida productiva.

La pensión no es una fecha de vencimiento

Durante décadas construimos una cultura en la cual la vida parece dividirse en tres grandes momentos: estudiar, trabajar y descansar.

Primero nos preparamos. Después trabajamos durante treinta o cuarenta años. Finalmente llegamos a la pensión y, supuestamente, debemos dedicarnos a observar cómo otros hacen las cosas.

Pero la vida humana es mucho más rica que esa secuencia.

Llegar a la edad de pensión no significa que nuestros conocimientos hayan perdido vigencia, que nuestras capacidades hayan desaparecido o que nuestra experiencia haya dejado de tener valor.

Todo lo contrario.

A esa edad tenemos algo que difícilmente puede adquirirse en una universidad o descargarse de internet: experiencia acumulada.

Hemos tomado decisiones correctas y equivocadas. Hemos dirigido equipos, construido relaciones, enfrentado dificultades, conocido personas extraordinarias, superado crisis, iniciado proyectos, cerrado ciclos, cambiado de opinión, aprendido nuevas tecnologías y comprendido que muchas cosas que parecían urgentes finalmente no eran tan importantes.

Ese recorrido tiene un valor enorme.

Por eso resulta extraño pensar que precisamente cuando una persona ha acumulado décadas de conocimientos, relaciones y aprendizajes deba retirarse completamente de los escenarios donde podría compartirlos.

Una cosa es trabajar por obligación y otra trabajar por propósito

Quizá una de las grandes transformaciones que puede traer la pensión consiste en cambiar nuestra relación con el trabajo.

Durante buena parte de nuestra vida trabajamos porque tenemos responsabilidades económicas: vivienda, educación de los hijos, créditos, seguros, alimentación, transporte y muchas otras obligaciones.

El salario ocupa necesariamente un lugar importante.

La pensión puede permitirnos descubrir otra dimensión.

Podemos comenzar a preguntarnos:

¿Qué quiero seguir haciendo porque realmente me gusta hacerlo?


La pregunta cambia completamente el sentido del trabajo.

Ya no se trata únicamente de trabajar porque necesitamos recibir un ingreso a final de mes. Podemos seleccionar proyectos, acompañar organizaciones, enseñar, escribir, asesorar, emprender o participar en iniciativas que conecten con nuestros intereses.

Pasamos entonces del trabajo por obligación al trabajo por propósito.

Y esa transición puede convertirse en una de las experiencias más interesantes de esta etapa de la vida.

En mi caso, continuar trabajando significa seguir compartiendo conocimientos, acompañando personas y organizaciones, desarrollando proyectos, emprendiendo nuevas iniciativas y aprendiendo permanentemente.

Significa despertarme sabiendo que todavía existen ideas por desarrollar, personas por conocer, experiencias por vivir y aportes por realizar.

No quiero jubilar mi curiosidad

Hay algo que sí me preocuparía mucho más que dejar de trabajar: dejar de aprender.

El mundo está cambiando a una velocidad extraordinaria.

La inteligencia artificial, las nuevas formas de trabajo, la transformación digital, las nuevas generaciones, las redes sociales y los cambios culturales están modificando prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida.

Frente a esa realidad tenemos dos posibilidades.

Podemos decir:

“Eso ya no es para mí”.

O podemos preguntar:

“¿Cómo funciona?”

La primera respuesta nos envejece mucho más rápido que cualquier fecha registrada en nuestra cédula.

La segunda nos mantiene intelectualmente vivos.

No necesitamos saberlo todo. Tampoco debemos competir con quienes tienen veinte o treinta años menos que nosotros. Pero sí podemos mantener viva la curiosidad.

Podemos aprender a utilizar nuevas herramientas, explorar tecnologías, asistir a cursos, leer libros, conversar con generaciones diferentes, participar en redes profesionales y permitir que nuestras certezas sean cuestionadas.

Ser pensionado no significa convertirse en espectador del futuro.

También podemos participar en su construcción.

La experiencia necesita encontrarse con las nuevas generaciones

Las organizaciones hablan permanentemente de innovación, transformación y futuro. Sin embargo, en ocasiones olvidan un activo fundamental: el conocimiento acumulado de quienes llevan décadas participando en el mundo empresarial, académico, profesional o institucional.

Las nuevas generaciones aportan velocidad, nuevas perspectivas, dominio tecnológico y maneras diferentes de interpretar el mundo.

Quienes tenemos más experiencia podemos aportar contexto, criterio, memoria organizacional, prudencia y conocimiento acumulado.

No debería existir una competencia entre generaciones.

Debería existir una conversación.

Cuando esas dos capacidades se encuentran pueden producirse resultados extraordinarios.

Los jóvenes no tienen por qué repetir todos los errores que nosotros cometimos para aprender las mismas lecciones.

Podemos compartirlas.

Y nosotros tampoco debemos pretender que nuestra experiencia constituye la única forma correcta de hacer las cosas.

También necesitamos escuchar.

El verdadero intercambio intergeneracional ocurre cuando dejamos de pensar en términos de quién sabe más y comenzamos a preguntarnos qué podemos aprender unos de otros.

El conocimiento que no se comparte termina desapareciendo

Después de varias décadas de vida profesional acumulamos historias, metodologías, contactos, aprendizajes y formas particulares de resolver problemas.

Pero todo ese conocimiento tiene una característica: si permanece exclusivamente con nosotros, su impacto termina siendo limitado.

Por eso considero que una de las grandes oportunidades de esta etapa consiste en transformar nuestra experiencia en legado.

El legado no necesariamente significa crear una fundación, escribir un libro o construir algo extraordinario.

También puede expresarse de maneras sencillas.

·        Mentorear a un joven profesional.

·        Orientar a alguien que está comenzando su empresa.

·        Compartir conocimientos en una clase.

·        Escribir un artículo.

·        Participar en una conversación.

·        Acompañar a una organización.

·        Crear un emprendimiento.

·        Enseñar una habilidad.

·        Contar una experiencia que permita a otra persona evitar un error.

Cada vez que compartimos lo aprendido estamos extendiendo el alcance de nuestra experiencia.

Emprender después de los 60 también es posible

Existe además otra posibilidad apasionante: emprender.

Durante muchos años las personas construimos experiencia trabajando para organizaciones. Conocemos clientes, mercados, procesos, dificultades y oportunidades.

¿Por qué no utilizar ese conocimiento para desarrollar nuevas iniciativas?

Emprender en esta etapa tiene características diferentes.

Probablemente ya no buscamos construir la empresa más grande del mercado ni convertirnos en protagonistas de titulares económicos.

Muchas veces buscamos algo más interesante: independencia, propósito, aprendizaje y posibilidad de impacto.

Podemos crear una firma de consultoría, desarrollar cursos, escribir contenidos, construir productos digitales, participar como socios en nuevos proyectos, acompañar startups o convertir una afición en una pequeña empresa.

La experiencia permite identificar oportunidades que quizá antes no veíamos.

Y también permite algo importante: emprender con mayor perspectiva.

Con los años aprendemos que no todas las oportunidades merecen nuestra energía y que no todos los negocios necesitan convertirse en gigantes para ser valiosos.

La agenda también debe cambiar

Estar pensionado pero no retirado tampoco significa continuar trabajando exactamente igual que antes.

Sería perder una gran oportunidad.

Esta etapa también invita a redefinir nuestras prioridades.

Hay tiempo para trabajar, pero también debe haber tiempo para viajar, compartir con la familia, encontrarnos con amigos, leer, descansar, caminar, conversar y disfrutar aquellas actividades que durante años aplazamos porque siempre había una reunión pendiente.

La diferencia está en algo fundamental:

ahora podemos elegir mejor dónde ponemos nuestro tiempo.

Quizá ese sea uno de los grandes privilegios de esta etapa.

No necesitamos llenar nuevamente la agenda hasta convertirla en una cárcel.

Podemos construir una vida donde productividad y tranquilidad convivan.

Donde exista espacio para una conferencia y para una tarde sin compromisos.

Para desarrollar un proyecto y para hacer un viaje.

Para enseñar y para aprender.

Para producir y para contemplar.

Nadie debería decirnos cuándo dejar de sentirnos útiles

Existe una dimensión emocional que no podemos ignorar.

Durante muchos años nuestra identidad estuvo relacionada con aquello que hacíamos.

Fuimos gerentes, profesores, médicos, ingenieros, empresarios, funcionarios, comerciantes, consultores, técnicos o profesionales.

De repente llega la pensión y aparece una pregunta inevitable:

¿Y ahora quién soy?

La respuesta puede ser mucho más amplia de lo que imaginamos.

No somos solamente aquello que decía nuestra tarjeta de presentación.

Somos nuestra experiencia, nuestras relaciones, nuestras capacidades, nuestros valores y nuestros proyectos.

Por eso nadie debería imponernos la idea de que existe una edad determinada para dejar de aportar.

Cada persona debe encontrar su propio ritmo.

·        Algunos decidirán descansar completamente y tendrán todo el derecho de hacerlo.

·        Otros viajarán.

·        Otros se dedicarán a sus familias.

·        Otros comenzarán proyectos sociales.

·        Otros emprenderán.

·        Otros seguirán trabajando.

·        Y algunos combinaremos varias de esas posibilidades.

No existe una única manera correcta de vivir la pensión.

 

La longevidad también exige repensar nuestros proyectos

Cada vez vivimos más años y, para muchas personas, llegar a los 60 o 65 puede significar tener todavía dos o tres décadas por delante.

Es demasiado tiempo para considerarlo simplemente una larga sala de espera.

Son años que pueden estar llenos de proyectos.

Tal vez debemos comenzar a hablar menos de “retiro” y más de segunda etapa profesional, vida con propósito, longevidad productiva o simplemente de una nueva temporada de la existencia.

Una temporada diferente, sí.

Pero igualmente valiosa.

Podemos incluso permitirnos sueños que antes parecían poco realistas.

·        Estudiar otra carrera.

·        Escribir un libro.

·        Crear una empresa.

·        Aprender un idioma.

·        Dar clases.

·        Convertirnos en mentores.

·        Participar en proyectos sociales.

·        Viajar mientras trabajamos.

·        Desarrollar una presencia digital.

·        Crear contenidos.

·        Volver a estudiar aquello que siempre nos interesó.

¿Por qué no?

La edad puede poner algunas limitaciones físicas, pero muchas veces son nuestras propias creencias las que colocan las barreras más difíciles.

Ya no se trata de demostrar; se trata de contribuir

Quizá una de las ventajas más importantes de esta etapa consiste en que podemos dejar de competir permanentemente.

Durante buena parte de la vida profesional queremos ascender, ser reconocidos, ganar posiciones, aumentar nuestros ingresos o demostrar nuestras capacidades.

Con los años descubrimos que muchas de esas carreras eran menos importantes de lo que parecían.

Ahora podemos trabajar desde otro lugar.

Ya no necesariamente para demostrar quiénes somos, sino para contribuir con lo que sabemos.

Ese cambio es profundo.

·        Nos permite relacionarnos con el trabajo con mayor serenidad.

·        Podemos enseñar sin necesidad de imponernos.

·        Orientar sin pretender tener siempre la razón.

·        Emprender sin obsesionarnos con convertir todo en una competencia.

·        Compartir sin esperar reconocimiento permanente.

·        La experiencia comienza entonces a convertirse en sabiduría.

Todavía tenemos mucho por aportar

Por eso, cuando alguien me pregunta:

“Si ya está pensionado, ¿para qué sigue trabajando?”

Mi respuesta continúa siendo la misma:

Porque estoy pensionado, pero no retirado.

·        No estoy retirado de mis ideas.

·        No estoy retirado de mis proyectos.

·        No estoy retirado de la posibilidad de aprender.

·        No estoy retirado de mis emprendimientos.

·        No estoy retirado de la docencia.

No estoy retirado de las conversaciones que pueden transformar organizaciones y personas.

Y, especialmente, no estoy retirado de la sociedad a la cual todavía puedo aportar mis conocimientos y mi experiencia.

La pensión no tiene por qué convertirse en una despedida.

Puede ser una bienvenida.

La bienvenida a una etapa donde podemos trabajar con mayor libertad, escoger nuestros proyectos, administrar mejor nuestro tiempo y transformar muchos años de experiencia en conocimiento útil para otros.

A quienes están próximos a pensionarse quisiera decirles que no miren esa fecha con miedo.

Y a quienes ya llegaron a ella, que no permitan que otros definan lo que corresponde hacer a determinada edad.

·        Descansen cuando quieran descansar.

·        Viajen cuando quieran viajar.

·        Disfruten a sus familias.

·        Cuídense.

Pero si todavía existe una idea que los entusiasma, háganla realidad.

·        Si tienen algo que enseñar, enséñenlo.

·        Si quieren emprender, emprendan.

·        Si desean volver a estudiar, estudien.

·        Si tienen una historia que puede inspirar a otros, cuéntenla.

·        Si su experiencia puede ayudar a alguien, compártanla.

Porque quizá uno de los grandes privilegios de llegar a esta etapa consiste precisamente en comprender que ya no necesitamos vivir para cumplir expectativas ajenas.

Podemos comenzar a preguntarnos algo mucho más importante:

¿Qué quiero hacer con todo lo que todavía sé, puedo y sueño?

La respuesta será diferente para cada persona.

La mía, por ahora, está clara:

Estoy pensionado, sí. Pero todavía tengo proyectos, conocimientos, sueños y mucho por aportar.


*José Manuel Vecino P. Filósofo, Gerente de talento humano, Docente Universitario y Consultor empresarial

 
 
 

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