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INTELIGENCIA ARTIFICIAL EN EDUCACIÓN: ¿INNOVACIÓN O SIMPLEMENTE HACER MÁS RÁPIDO LO QUE YA HACÍAMOS?

27 sept
3 min de lectura

Por: José Manuel Vecino P.*

La llegada de la inteligencia artificial generativa al sector educativo ha abierto una discusión que probablemente apenas comienza. Profesores, instituciones y estudiantes estamos descubriendo herramientas capaces de producir textos, imágenes, evaluaciones, casos, simulaciones, explicaciones y múltiples recursos en cuestión de segundos.

La pregunta, sin embargo, no debería ser solamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino algo más profundo:

¿Está transformando realmente la manera como aprendemos o simplemente nos permite hacer más rápido lo que ya hacíamos?

**La matriz original de Shapiro fue publicada en Best Practices Are Stupid (2011). La publicación sobre la IA en educación que inspira esta reflexión es de Adam Palczewski.


Una matriz de innovación que cruza la complejidad técnica con el nivel de incertidumbre permite aproximarnos a esta pregunta. Desde esta perspectiva, buena parte de los usos actuales de la IA en educación podrían clasificarse como innovación incremental.

Cuando un profesor utiliza inteligencia artificial para elaborar un cuestionario, resumir una lectura, diseñar una actividad, crear una rúbrica o mejorar una presentación, está incorporando una herramienta poderosa, pero el modelo pedagógico probablemente permanece intacto. Seguimos teniendo contenidos, profesores, estudiantes, actividades y evaluaciones similares; simplemente algunos procesos se realizan con mayor velocidad y capacidad de producción.

Esto no disminuye su valor. La innovación incremental puede liberar tiempo docente, facilitar la creación de recursos, diversificar las metodologías y permitir una retroalimentación más oportuna. El riesgo aparece cuando confundimos digitalización de tareas con transformación educativa.

La verdadera transformación comienza cuando la inteligencia artificial obliga a replantear preguntas fundamentales: ¿qué significa aprender cuando cualquier estudiante puede consultar una IA durante segundos?, ¿qué conocimientos debe memorizar?, ¿qué competencias debemos evaluar?, ¿cómo distinguir la producción del estudiante de la producción algorítmica?, ¿qué actividades siguen teniendo sentido y cuáles deberían desaparecer?

Es allí donde comenzamos a movernos hacia una innovación más adaptativa e incluso radical.

El reto para los docentes será especialmente significativo. Durante décadas, una parte importante de nuestra autoridad académica estuvo asociada al dominio y transmisión del conocimiento. Hoy ese conocimiento está disponible de manera inmediata. Esto no significa que el profesor pierda importancia; significa que cambia la fuente de su valor.

El docente tendrá que convertirse cada vez más en diseñador de experiencias de aprendizaje, formulador de preguntas, curador de información, facilitador del pensamiento crítico, evaluador del razonamiento y acompañante del desarrollo intelectual del estudiante.

También cambiará la evaluación. Si una máquina puede responder correctamente muchas de las preguntas que tradicionalmente utilizábamos en un examen, quizá el problema no sea que el estudiante utilice inteligencia artificial. Quizá debamos revisar la calidad de las preguntas que estamos formulando.

Por eso, uno de los debates educativos más importantes de los próximos años no será si debemos permitir o prohibir la inteligencia artificial. Será determinar qué debe hacer el estudiante por sí mismo, qué puede hacer acompañado por IA y qué aprendizajes solamente adquieren sentido cuando existe interacción, argumentación, experiencia y reflexión humana.

La inteligencia artificial puede convertirse en un extraordinario instrumento educativo, pero su impacto dependerá menos de la tecnología que de las decisiones pedagógicas que tomemos alrededor de ella.

El verdadero desafío no consiste en enseñar a los profesores a utilizar más herramientas de IA. Consiste en ayudarlos a responder una pregunta mucho más exigente:

¿Qué significa enseñar cuando nuestros estudiantes tienen acceso permanente a una inteligencia capaz de explicar, escribir, analizar y responder?

Quizá ahí comience la verdadera innovación educativa.


José Manuel Vecino P. Filosofo, docente y Consultor empresarial

 

 
 
 

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