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ENSEÑAR NO ES UN SHOW:  PENSAR INCOMODA… Y POR ESO FUNCIONA


Una defensa poco solemne del rigor, la autoexigencia y las clases que no terminan en aplauso

 

Por JOSE MANUEL VECINO P.*


Hay una queja que se ha vuelto recurrente en aulas, auditorios y salas virtuales: “La clase no fue divertida”. Se dice con una mezcla de decepción y reclamo, como si el facilitador hubiera prometido un show de comedia y, en un acto de traición imperdonable, hubiera entregado… contenidos.

No se trata de nostalgia por la educación rígida ni de añorar tiempos en los que aprender era sufrir en silencio. No. El problema es otro: hemos confundido aprender con entretener, y en esa confusión estamos criando generaciones de participantes que quieren saber sin pensar, crecer sin incomodarse y certificarse sin exigirse.


Dicho de otro modo: quieren aprender, pero sin despeinarse.

La peligrosa idea de que todo debe ser “chévere”

Hoy parece que una buena clase es aquella que provoca risas, usa juegos, tiene stickers, encuestas interactivas y termina con todos diciendo: “¡Qué buena energía!”. Y ojo: no hay nada malo con la energía, los ejercicios o la gamificación. El problema empieza cuando la ausencia de diversión se interpreta como ausencia de aprendizaje.

Como si el cerebro solo aprendiera cuando está feliz, relajado y en modo recreo.

La realidad es bastante menos simpática. Aprender implica esfuerzo, duda, momentos de confusión y, en ocasiones, una sana frustración. Pensar cansa. Leer con atención aburre un poco. Analizar duele. Y escribir… bueno, escribir es un deporte extremo.

Pero nada de eso significa que sea inútil. Al contrario: suele ser señal de que algo está ocurriendo.


Bloom no prometió diversión (y nunca lo negó)

Se habla mucho de metodologías ágiles y de los niveles de la taxonomía de Bloom, pero a veces parece que se leyó el resumen del resumen. Bloom jamás dijo que aprender fuera un parque de diversiones. Dijo, más bien, que el aprendizaje avanza desde lo básico hasta lo complejo, y que pensar en niveles superiores exige trabajo cognitivo serio.

Analizar, evaluar y crear no siempre provocan carcajadas. A veces provocan silencios incómodos, miradas al techo y frases como: “déjeme pensarlo”. Y eso —aunque no lo parezca— es una excelente noticia.

El problema aparece cuando algunos participantes consideran que, si no hubo suficientes dinámicas, entonces “faltó metodología”. Como si el valor de una clase se midiera por la cantidad de veces que alguien se levantó de la silla.


El día que la evaluación se volvió venganza

Hay un momento particularmente delicado en todo proceso formativo: la evaluación al facilitador. Ese instante en el que el participante, armado con estrellas, caritas felices o escalas del 1 al 5, decide el destino profesional de quien se atrevió a exigirle.

Y ocurre algo curioso: cuando el curso reta, exige lectura, pide reflexión y obliga a pensar, las evaluaciones tienden a bajar. No porque el facilitador haya hecho mal su trabajo, sino porque exigió demasiado para los estándares del entretenimiento educativo.

Entonces la institución toma una decisión salomónica (y bastante cómoda): cambiar al docente. Más fácil que revisar expectativas, modelos pedagógicos o responsabilidades del aprendiz. Así se castiga al facilitador riguroso y se premia al animador carismático. Todo muy coherente… si el objetivo no es aprender.


El participante: esa figura olvidada

En esta historia hay un personaje del que poco se habla: el participante. Ese adulto funcional que paga o asiste a un proceso de formación, pero espera que el aprendizaje ocurra por ósmosis, mientras él toma café y opina al final.

La educación de adultos —mal que nos pese— exige autoexigencia. Nadie puede aprender por otro. Ninguna metodología, por innovadora que sea, reemplaza la disposición personal a leer, reflexionar y hacerse preguntas incómodas.


Pero claro, eso no siempre es popular. Es mucho más cómodo decir: “El curso no fue dinámico” que admitir: “No me esforcé lo suficiente”.


Gamificación sí, rigor también

Conviene aclararlo: el rigor no está peleado con la creatividad. Una clase puede ser dinámica y profunda. Puede incluir juegos y exigir pensamiento. Puede ser agradable y, al mismo tiempo, demandante.

El problema no es la gamificación, sino la gamificación sin propósito. Juegos sin contenido. Dinámicas sin reflexión. Ejercicios que entretienen mucho y enseñan poco.

Cuando al final del curso el participante recuerda la actividad, pero no el concepto, algo falló. Probablemente no el facilitador, sino el enfoque.


Aprender no es un show (y eso está bien)

Tal vez hemos olvidado algo básico: la formación no es un espectáculo. No siempre debe ser graciosa. No siempre debe emocionar. A veces debe incomodar. A veces debe cuestionar. A veces debe exigir silencio y concentración.

Como bien escribiría Daniel Samper Pizano, con su ironía elegante, no todo lo serio es aburrido, ni todo lo divertido es inteligente. Y aplicar esa idea al aprendizaje nos ahorraría muchos malentendidos pedagógicos.


Conclusión: exigir también es educar

Quizás ha llegado el momento de cambiar el foco. Dejar de preguntarnos si la clase fue divertida y empezar a preguntarnos si fue transformadora. Si nos obligó a pensar distinto. Si nos sacó de la comodidad.


La exigencia no debería nacer solo del facilitador, como si fuera un villano académico empeñado en hacer sufrir. Debería nacer del participante, de su deseo genuino de aprender, crecer y mejorar.

Porque al final, una buena experiencia formativa no es la que más aplausos genera, sino la que deja algo dando vueltas en la cabeza cuando la sesión termina. Aunque no haya sido tan divertida. Aunque no haya habido tantos juegos. Aunque, por un momento, haya tocado pensar.


Y pensar, seamos honestos, nunca fue un chiste.

 

*José Manuel Vecino P. – Magíster en Gestión Ambiental, Especialista en Gestión Humana, Gerente de Gestión Humana, consultor empresarial y docente universitario. Contacto: jmvecinop@gmail.com

 

 
 
 

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